lunes, 20 de noviembre de 2017

POR ELLAS





Dicen de él que es una máquina, quizá lo sea, porque sólo actúa y apenas piensa. Resulta difícil distinguir dónde comienza el ingenio de metal y donde termina su cuerpo. Los músculos gritan. Se abraza a la tortura. Lejos de amedrentarle, la carretera le enfurece.
La mente destila fogonazos de un pasado siempre presente, el cruce de aquel vehículo que le obligó a dar un volantazo, el estruendo, el silencio, el dolor indescriptible, en nada comparable al que sintió al ver que su mujer y su hija no respiraban.
El aire aguijonea su rostro. Desciende el puerto a tumba abierta. Toma curvas al límite de lo posible. El público que le anima desde el arcén sólo ve un instante de color que se desvanece, llamado a extinguirse como todo lo que nace.
Los psicólogos insisten en que no debe culparse por seguir vivo. Enganchado a la bicicleta como a un último asidero, la prótesis suple su pierna perdida, pero no puede reemplazar a las otras ausencias. El agotamiento ayuda a no pasar la noche entre lamentos.
Pone pie en tierra. El asfalto tampoco ha querido llevárselo hoy. Le entregan un trofeo, uno más. Él, indiferente, mira al cielo.

- Ángel Saiz Mora- 

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